La fonda de la confianza: escabeches, arroces y sobremesas eternas en Chamartín
Escondida en una tranquila calle del barrio de Nueva España, en Chamartín, esta casa se ha convertido en uno de los imprescindibles para los amantes de la buena mesa en Madrid.



Aquí no hay prisas ni turnos. La sobremesa forma parte de la experiencia y la acogedora terraza, rodeada de vegetación, invita a olvidarse del reloj. Un lujo cada vez más escaso en esta ciudad que se mueve frenéticamente.
La propuesta gastronómica gira en torno a una cocina de mercado reconocible, bien ejecutada y con especial protagonismo para los escabeches y los arroces. Nuestra comida comenzó con un excelente chicharrón acompañado de tomate Amela, una variedad japonesa cultivada en Granada que destaca por su extraordinario equilibrio entre dulzor y acidez. Continuamos con unas cremosas croquetas de jamón y una delicada gamba roja que confirmó el buen nivel de producto que maneja este restaurante.
Uno de los grandes protagonistas de la carta es su arroz a banda: fino, seco y lleno de sabor, de esos que desmontan cualquier prejuicio sobre los arroces en Madrid. También brilla el morrillo de atún, perfectamente trabajado y servido en su punto exacto.
El broche dulce llega con una espectacular tarta Imperial de chocolate en diferentes texturas acompañada de helado de fior di latte, un final elegante y equilibrado. Durante todo el recorrido es posible disfrutar, además, de interesantes maridajes con fino, manzanilla, vinos de Jerez y Harvey Bristol Cream, “el vino español más vendido fuera de España”, según nos explicó un jefe de sala tan amable como conocedor de la materia.
En el interior, el arte tiene un papel protagonista: los cuadros que decoran las paredes proceden de una galería de la calle Ayala, cambian periódicamente y están a la venta. A ello se suman varios salones privados que convierten el espacio en una opción perfecta tanto para una comida tranquila como para una celebración especial.
Una curiosidad: su nombre está inspirado en Insolación, de Emilia Pardo Bazán. En la novela, un merendero llamado La Confianza es el punto de partida de una aventura amorosa que desafía la moral de finales del siglo XIX.
Este lugar demuestra que la verdadera sofisticación no consiste en sorprender constantemente, sino en cuidar cada detalle para que el comensal se sienta como en casa.




